DESCUBRIMIENTOS DE LA INICIATIVA SOBRE LA DESIGUALDAD DE LA TIERRA

Uneven Ground

La desigualdad de la tierra, su centralidad y su impacto

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La desigualdad de la tierra es compleja y multidimensional

La desigualdad de la tierra abarca una serie de conceptos, medidas y hechos. Este informe de síntesis abre nuevos caminos al reunir las múltiples facetas de la desigualdad de la tierra y analizarlas de manera exhaustiva. La investigación que se presenta en este informe se basa en una gama de medidas más amplia que la que se aplica habitualmente a la igualdad en la tierra, y examina la forma en que la desigualdad de la tierra está relacionada con problemas mundiales apremiantes, como las crisis de poder y democracia, la pobreza y el desempleo, la justicia y la migración intergeneracional, las crisis climáticas y la degradación del medio ambiente, y la seguridad sanitaria y las pandemias mundiales.

Históricamente, la desigualdad de la tierra se ha medido en términos de diferencias en la propiedad de la tierra. Sin embargo, una investigación exhaustiva de la desigualdad de la tierra requiere que examinemos muchas más dimensiones relativas al uso y el control de la tierra. Entre las cuales figuran:

  • la superficie y/o valor de la tierra a la que las personas acceden o poseen;
  • el grado de seguridad de la tenencia que tienen las personas;
  • la calidad de la tierra, sus características y los activos que pueden estar en ella;
  • el control real que tienen las personas, incluido el poder de decisión sobre la tierra;
  • el control de los beneficios derivados de la tierra, incluida la capacidad de apropiarse de su valor.

La desigualdad de la tierra es tanto vertical como horizontal.

La desigualdad vertical tiene que ver con la distribución de la tierra entre las personas, generalmente los propietarios o los que controlan directamente la tierra. Pero esto no basta. También es esencial considerar la desigualdad horizontal en la tierra sobre la base de factores como el género, la etnia y la cultura.

Recuadro 2: Desigualdad de género en los derechos a la tierra

En todo el mundo, hay un claro sesgo masculino en los derechos a la tierra. Con pocas excepciones, las mujeres tienen derechos a menos tierra que los hombres y a tierras de menor calidad.

A menudo no pueden adquirir o ejercer los mismos derechos que los hombres en el mismo contexto, sus derechos son menos seguros y les resulta más difícil protegerlos cuando estos están bajo amenaza. Estas pautas de desigualdad están relacionadas con las relaciones sociales y de poder desiguales entre los géneros y afectan a la capacidad de las mujeres para convertir los beneficios de la tierra en un mayor bienestar económico y social. También influyen en la toma de decisiones en los principales lugares de poder de la sociedad (hogar, grupo familiar, comunidad, estado).

La igualdad de género es una aspiración fundamental, pero en los derechos sobre la tierra el concepto de igualdad puede estar mal alineado con los regímenes de tenencia de la tierra, especialmente los que se basan en funciones y relaciones culturalmente definidas para hombres y mujeres o en principios de apoyo y reciprocidad comunitarios, o en la espiritualidad. Esos regímenes de tenencia sustentan muchas reivindicaciones indígenas de libre determinación. Si bien son legítimos a nivel local, culturalmente apropiados y pertinentes, y a menudo se ven amenazados por intereses externos o procesos de reforma, esos regímenes de tenencia también pueden ser fuente de discriminación por motivos de género.

Figura 3: Propiedad de la tierra, hombres y mujeres, 2016

Figure 3

La búsqueda de la igualdad de género en la tierra no debe entenderse como la sustitución de un régimen de tenencia por otro, ni como la destrucción de importantes relaciones sociales, sino más bien como la garantía de que las mujeres y los hombres tengan igual acceso a las oportunidades que confieren los derechos sobre la tierra, y de que los derechos sobre la tierra de las mujeres y los hombres tengan igual protección y trato para que todos y todas puedan realizar su pleno potencial.

Fuente: Scalise (2020).

La desigualdad de la tierra es estructural y está relacionada con el mercado.

La desigualdad de la tierra no es un fenómeno inevitable, sino que es el resultado de decisiones políticas, de las fuerzas del mercado o de una combinación de ambas.

La desigualdad estructural en la tierra deriva de circunstancias históricas o actuales como la conquista, la colonización y la distribución de la tierra por las potencias coloniales o por el Estado. En esta forma, es común en América Latina y Sudáfrica. Las fuerzas del mercado también impulsan la desigualdad de la tierra fomentando la acumulación, a menudo por parte de los que ya son poderosos y ricos.

La desigualdad de la tierra es una causa y una consecuencia de otras desigualdades.

La desigualdad de la tierra está determinada por factores económicos, políticos, sociales, espaciales y ambientales, a los que a su vez también influye. Esta interconexión significa que para hacer frente a la desigualdad en materia de tierras se requiere un enfoque global e intersectorial. También significa que abordar la desigualdad de la tierra tendrá una amplia gama de consecuencias positivas para las desigualdades y crisis más generales de nuestro planeta.


La desigualdad de la tierra es clave para otras formas de desigualdad y para muchas crisis y tendencias mundiales

La imbricación de la desigualdad de la tierra con otras desigualdades, y de la desigualdad de la tierra con las crisis y tendencias mundiales, implica un complejo sistema de interconexiones. La desigualdad de la tierra se manifiesta de numerosas maneras, ya sea social, económica, política, ambiental o territorial. La mayoría de estas manifestaciones están interrelacionadas y se influyen mutuamente incluso a través de las desigualdades, lo que da lugar a las principales crisis y tendencias mundiales que vemos hoy en día.

Las manifestaciones de las desigualdades en la tierra y de otras más generales que se presentan aquí se identifican a través de los diversos trabajos de la Iniciativa sobre la Desigualdad de la tierra, y se complementan con la literatura más amplia. No son exhaustivas de todas las cuestiones relacionadas con la desigualdad de la tierra, como los conflictos, el despojo, la pobreza y muchas otras que han sido bien descritas (Recuadro 3). Las cuestiones presentadas sí demuestran la forma en que se relacionan con varias crisis contemporáneas clave a las que se enfrenta nuestro mundo hoy en día, vinculando en última instancia estas tendencias y crisis a la desigualdad de la tierra.

Figura 4: Los factores subyacentes de la desigualdad de la tierra y sus vínculos con otras formas de desigualdad y crisis mundiales

Figura 4: Los factores subyacentes de la desigualdad de la tierra y sus vínculos con otras formas de desigualdad y crisis mundiales

Figura 4: Los factores subyacentes de la desigualdad de la tierra y sus vínculos con otras formas de desigualdad y crisis mundiales

Recuadro 3: Desigualdad de la tierra y conflicto violento - un ciclo que se autoperpetúa

Los conflictos violentos por la tierra están bien documentados y están estrechamente vinculados a la desigualdad de la tierra. El aumento de la concentración de tierras y la desigualdad de la tierra no solo alimenta los conflictos violentos, sino que también es un motor de la desigualdad de la tierra que, si no se aborda adecuadamente, perpetúa el ciclo de la violencia.

Cuando se combina con diferencias económicas y políticas, la desigualdad en materia de tierras puede causar un profundo resentimiento, lo que da lugar a luchas violentas que pueden durar muchos decenios y que a menudo se caracterizan por los desplazamientos forzados y el reasentamiento, la falta de un remedio equitativo y las amenazas a los vínculos y la cohesión sociales (Stewart, 2010). Los ejemplos son numerosos, incluso en el marco de este proyecto, como lo ilustran los conflictos armados en Colombia y el desplazamiento de casi ocho millones de personas y el despojo a gran escala de sus tierras (Espinosa Rincón y Jaramillo Gómez, 2020). Otros incluyen las brutales guerras civiles en Liberia y Sierra Leona, el conflicto por la tierra y los recursos naturales en Nigeria y Sudán, el genocidio de Rwanda, la resistencia rural a la expansión urbana en China, etc.; todos ellos tienen, posiblemente, sus orígenes en la desigualdad de la tierra y en la desigualdad política y económica.

Los conflictos relacionados con la tierra y los recursos naturales no solo son numerosos y frecuentes, sino que suelen ser prolongados y tienen el doble de probabilidades de reproducirse en los primeros cinco años desde que se solucionan que otros tipos de conflicto. A pesar de los ceses del fuego o los acuerdos de paz, las sociedades afectadas por conflictos relacionados con la tierra suelen seguir sumidas en la inseguridad, la pobreza y la persistencia de los factores que desencadenaron el conflicto violento en primer lugar. Estos conflictos son alimentados aún más por las crisis contemporáneas descritas en este informe de síntesis, como el cambio climático, la crisis democrática y la migración masiva, que son otros tantos caldos de cultivo para la inestabilidad política, económica, social y ambiental.


Desigualdad de la tierra y la crisis de la democracia

La desigualdad de la tierra está fundamentalmente relacionada con la desigualdad política, en particular en las sociedades en las que la acumulación de tierras transfiere poder político.

En las sociedades rurales, las élites pueden controlar los procesos formales e informales de adopción de decisiones sobre la tierra, con una representación reducida o nula de los pobres y de los agricultores y terratenientes más pequeños. Esto alimenta el control de las élites y aumenta las desigualdades en materia de ingresos, riqueza y activos (incluida la tierra). Desde la acumulación de tierras dentro de sistemas tribales no democráticos en Sudáfrica (Claassens y Cousins, 2008), pasando por la corrupción en los niveles políticos más altos de Kenia (O'Brien, 2012), hasta la perversión de la distribución pública de tierras por parte de las élites terratenientes en Colombia (Espinosa Rincón y Jaramillo Gómez, 2020), los ejemplos son numerosos en todo el mundo. Estas estructuras desiguales a menudo también se vinculan al comportamiento de búsqueda de rentas de los bienes públicos, o lo que con frecuencia se considera público, como la tierra en los sistemas de tenencia colectiva (Alden Wily, 2008; 2010).

Cuando la calidad institucional es deficiente, los ricos ejercen una influencia política aún más fuerte. La debilidad de las instituciones, junto con la subrepresentación de los segmentos más pobres de la población, da lugar a una subinversión sistemática en políticas que benefician a los pobres, los pequeños agricultores y los agricultores familiares. En cambio, los incentivos y los sistemas fiscales tienden a beneficiar a las empresas agrícolas nacionales e internacionales en gran escala, a la participación de las empresas y a las inversiones y adquisiciones de tierras en gran escala.

Recuadro 4: La GOANA del Senegal - un ejemplo de cómo la élite se hace con la política y los procesos

En marzo de 2004, después de más de dos años de consultas con los asociados para el desarrollo, la sociedad civil, los grupos de productores y varios ministerios del Gobierno, Senegal puso en marcha la Ley de orientación agro-silvo-pastoral(LOASP), una gran visión de la agricultura que promovía la modernización del país en los próximos 20 años, centrándose especialmente en el sector de la agricultura familiar y la reducción de la pobreza y las desigualdades entre los agricultores y entre las poblaciones rurales y urbana. Sin embargo, en 2008, antes de que se hubiera aplicado plenamente la LOASP, el entonces presidente Abdoulaye Wade inauguró la Gran ofensiva agrícola para la alimentación y la abundancia (GOANA). En medio de las preocupaciones por la seguridad alimentaria precipitadas por una mala cosecha y la volatilidad de los mercados mundiales, el objetivo declarado de GOANA era que el Senegal alcanzara la autosuficiencia para 2015, principalmente atrayendo inversiones privadas en gran escala.

Para 2010, más de 657 000 hectáreas, es decir, alrededor del 17% de la tierra cultivable de Senegal, se habían asignado a 17 empresas privadas, concentradas principalmente en las zonas septentrionales del país. Diez de las empresas eran senegalesas y el resto extranjeras. El caso de GOANA ilustra la facilidad con que las poderosas élites, tanto nacionales como internacionales, son capaces de ignorar los procesos de políticas inclusivas en favor de modelos de desarrollo alternativo basados en la adquisición y acumulación de tierras en gran escala.

Fuente: Wegerif y Anseeuw (2020).

El caso de GOANA en el Senegal (Recuadro 4) es solo un ejemplo de cómo la desigualdad de la tierra debilita la democracia.

La alta concentración de la propiedad o el control de la tierra suele subvertir los procesos políticos y frustrar los esfuerzos de redistribución más justos (Acemoglu y Robinson, 2000; Boix, 2003).


Desigualdad de la tierra y desempleo

Existe una correlación directa entre la desigualdad de la tierra y la desigualdad económica en las sociedades agrarias. En términos sencillos, los que tienen más tierras de mayor valor son más ricos que los que tienen menos tierras o no tienen ninguna. Sin embargo, la desigualdad en materia de tierras tiene una vertiente mucho más amplia, que también afecta negativamente a las tasas y la distribución del crecimiento, la generación de ingresos y la acumulación de riqueza (Berg y otros, 2018).

A largo plazo, la desigualdad de la tierra es perjudicial para el desarrollo humano, la estabilidad sociopolítica y la sostenibilidad ambiental (OCDE, 2014; Stevans, 2012; Stiglitz, 2012; Easterly, 2007).

En otros estudios se ha comprobado que la desigualdad en materia de tierras perpetúa la pobreza (OIT, 2019) mucho más allá del sector agrícola y crea una distribución desigual de los activos industriales que persiste en el tiempo (Carter, 2000).

En las sociedades rurales, el poder y la riqueza también pueden aumentar mediante la "acumulación por despojo" y la extracción de beneficios mediante múltiples formas de captación de rentas de la tierra y la mano de obra (Sokoloff y Engerman, 2000; Wegerif y Guereña, 2019; Cochet, 2018). Un ejemplo de este proceso es la tendencia mundial a la adquisición de tierras en gran escala que surgió en 2010. Esta fiebre por la tierra llevó a que 26,7 millones de hectáreas de tierras, principalmente de propiedad colectiva, fueran adquiridas por empresas nacionales e internacionales, por lo general con el apoyo y la participación de las élites nacionales (Land Matrix, 2018; Anseeuw y otros, 2012).

Quienes son expulsados de la tierra, ya sea por las fuerzas de la acumulación, el despojo o el desastre ambiental, pierden su principal fuente de sustento. Por consiguiente, el desempleo y la reducción de los ingresos son resultados comunes de la desigualdad en materia de tierras.

Además, cuando las grandes explotaciones agrícolas dominan el sector agrícola, la mano de obra se hace más asalariada y las relaciones laborales suelen ser sesgadas y ocasionales, lo que provoca una bajada de los salarios reales (Wegerif y Guereña, 2019). Las mujeres son particularmente vulnerables a la casualización de la mano de obra en las explotaciones agrícolas,(Barrientos, 2001: 91), mientras que el aumento de la industrialización a medida que crece el tamaño medio de las explotaciones reduce las oportunidades de empleo en general. Según el tipo de producción, las tasas de absorción de mano de obra son desde una (para los tipos de producción más intensivos en mano de obra, como la horticultura) hasta 25 e incluso 100 veces (para los cereales, por ejemplo) menos en los modelos de explotaciones industrializadas en comparación con las explotaciones familiares (Burnod y otros, 2018; Cochet y otros, 2015). En muchos países de bajos ingresos, en los que la agricultura sigue siendo el mayor empleador y existen pocas oportunidades de otro tipo, la realización sin trabas de esta tendencia corre el riesgo de crear un desastre social y económico de proporciones masivas (Recuadro 5).

Recuadro 5: Desigualdad de la tierra, crecimiento de la población joven y desempleo en África

El África subsahariana se enfrenta a un dramático "desafío laboral" para generar empleo para su población joven y en rápido crecimiento. Las cifras son enormes. La cohorte anual de jóvenes que llegan a la edad de trabajar era de alrededor de 19 millones en 2015, y se prevé que llegará a 28 millones en 2030 y que totalizará 375 millones a lo largo de 15 años (Losch, 2016). Esta cifra es tan grande como la población actual del Canadá y los Estados Unidos juntos. Sobre la base de la distribución actual de la población y las tendencias de la migración a las ciudades, es probable que el 60% (unos 220 millones) de esos trabajadores procedan de zonas rurales. ¿Cómo absorberán las economías del continente su pujante fuerza de trabajo y, concretamente, se ocuparán del (des)empleo de los jóvenes? Esta pregunta es aún más importante en el contexto de la creciente desigualdad de la tierra y la promoción y proliferación de modelos de desarrollo agrícola en gran escala que son intensivos en capital, liberando -no absorbiendo- e incluso desplazando a la fuerza de trabajo.


Desigualdad de la tierra y la crisis climática

El cambio climático es un motor de la desigualdad mundial, incluida la desigualdad de la tierra. Ya está reduciendo la productividad agrícola y expulsando a algunas personas de la tierra (FAO, 2017).

Por el contrario, la desigualdad de la tierra está asociada a las presiones ambientales que contribuyen al cambio climático, como el aumento de los monocultivos a gran escala, perjudiciales para el medio ambiente, que maximizan las economías de escala (Ceddia, 2019; Sant'Anna 2016; Tole, 2004). Al mismo tiempo, las prácticas de uso de la tierra más sostenibles de los productores en pequeña escala, los agricultores familiares y los pueblos indígenas se ven amenazadas por los desalojos de tierras, la deforestación, la pérdida de biodiversidad y la presión excesiva sobre los recursos naturales como el agua y el suelo (FIDA, 2018; Borras y otros, 2012; Bailey, 2011).

Aunque las medidas de mitigación, como la promoción de la energía verde, los proyectos hidroeléctricos o la producción de biocombustibles, pueden tener efectos positivos en el cambio climático, pueden expulsar a las personas de sus tierras, desviar o agotar las fuentes de agua y provocar la deforestación y la destrucción del medio ambiente (por ejemplo, la expansión de los monocultivos para biocombustibles - véase el recuadro 6) (DAES, 2020). Es probable que esas presiones se vean magnificadas por la creciente demanda de tierras para la absorción de carbono vinculada al logro de las metas de emisiones "netas cero" tanto por parte de los países como de las empresas. En este sentido, incluso las políticas ambientales destinadas a responder al cambio climático, si no se diseñan y aplican cuidadosamente, pueden exacerbar aún más la desigualdad de la tierra, en particular en los países en desarrollo.

Recuadro 6: Desigualdad de la tierra y monocultivos a gran escala

En el Brasil, el creciente interés por la tierra, especialmente en las zonas en que las fronteras agrícolas se están ampliando y la agroindustria está avanzando, está impulsando el despojo de las comunidades tradicionales, incluso con métodos forzosos y a veces violentos e ilegales. La transferencia de tierras públicas a agentes privados para la realización de monocultivos en gran escala ha dado lugar a la contaminación del medio ambiente y a la privatización del acceso al agua. Por ejemplo, en Santa Filomena, en el estado de Piaui, la producción de soja en gran escala ha provocado la contaminación y el agotamiento de las fuentes de agua, privando a las comunidades rurales circundantes de agua de buena calidad (Kato y Furtado, 2020). A nivel de país, esto ha generado violencia y conflictos, con 1 833 casos de conflicto relacionados con la tierra y el agua solo en 2019. En el último decenio, el Brasil también ha registrado una de las tasas de asesinato de defensores de la tierra y el medio ambiente más elevadas del mundo (Global Witness, 2020).

En Colombia, el establecimiento de agroempresas ha reducido la producción de cultivos alimentarios sostenibles como los tubérculos, legumbres y granos tradicionales y ha limitado el acceso de muchas comunidades rurales a la tierra y el agua. En Montes de María y el Oriente Antioqueño, donde la palma aceitera y la floricultura para la exportación florecen en un clima favorable, el uso generalizado de agroquímicos y, en particular en el caso de la producción de flores, la contaminación del agua tiene consecuencias negativas para los medios de vida y la salud de los pequeños agricultores y los trabajadores de las agroempresas (Espinosa Rincón y Jaramillo Gómez, 2020).

Fuentes: Kato and Furtado (2020); Espinosa Rincón y Jaramillo Gómez (2020).


Desigualdad de la tierra, seguridad sanitaria mundial y pandemias

Existen fuertes conexiones entre la desigualdad de la tierra, los cambios en las prácticas agrícolas, como el aumento de los monocultivos, y las malas condiciones de salud y la propagación de enfermedades.

La COVID-19 es la última enfermedad zoonótica que ha surgido de una combinación de cría de animales insalubre y de la presión sobre las poblaciones de fauna silvestre. Si bien sus principales efectos se han producido en las poblaciones urbanas, la COVID-19 ha puesto aún más de manifiesto las desigualdades a las que se enfrentan los grupos que carecen de tierras, como los pueblos indígenas, las castas inferiores, los ancianos, las mujeres, los jóvenes y los migrantes, así como los trabajadores ocasionales (comunes en la agroindustria) y los arrendatarios sin tierras (PNUD, 2020; FAO, 2020; CIT, 2020). La desigualdad en materia de tierras disminuye la resistencia a las crisis de enfermedades y, a nivel de los hogares, puede dar lugar a la pérdida de viviendas y a la falta de acceso a la infraestructura y los servicios, las redes comunitarias tradicionales y las instituciones de reciprocidad social. La capacidad de resiliencia y las estrategias de supervivencia de las mujeres se ven limitadas por el debilitamiento de los derechos sobre la tierra, lo que las coloca en una situación de desventaja aún mayor en estas situaciones, con el consiguiente efecto en los niños y jóvenes de sus hogares (FAO, 2020; FAO, FIDA y ONUDI, 2016). El acaparamiento de tierras y los desalojos forzosos se han documentado en el contexto de la COVID-19 (ILC, 2020), lo que exacerba las desigualdades en materia de tierras y de derechos sobre la tierra, en particular en las sociedades que están fuertemente vigiladas.


Desigualdad de la tierra y migración

La migración siempre ha sido una estrategia de adaptación para los seres humanos, incluidas las personas afectadas por la desigualdad de la tierra, para las que es una estrategia común de adaptación. La pobreza, el desplazamiento, las malas condiciones de vida, la exclusión social y la falta de oportunidades suelen derivarse del acceso desigual a la tierra. La migración es también una respuesta a los conflictos, al cambio climático y a las democracias inestables, todo ello relacionado de una forma u otra, como hemos visto, con la desigualdad de la tierra. En general, la desigualdad de la tierra -por su interconexión con las desigualdades sociales, económicas, ambientales y espaciales- influye en la resiliencia y la capacidad de reacción de las personas (OIM y CLD, 2019; Obeng-Odoom, 2017), y la migración suele ser el último recurso.

Además de ser un factor de empuje para la migración, la desigualdad de la tierra es también una consecuencia de la migración. Especialmente en los asentamientos informales de sus lugares de destino, los migrantes suelen quedar atrapados en condiciones laborales y de vida muy desiguales. Su derecho a la tierra y a los derechos sobre la misma es limitado y a menudo corren el riesgo de seguir desplazándose. En el caso de las comunidades de acogida, la migración puede aumentar la presión sobre la tierra, lo que repercute en los derechos a la tierra de las mujeres y otros grupos vulnerables de esa comunidad.

Recuadro 7: La desigualdad de la tierra alimenta otras desigualdades a través de la migración

En Costa Rica, entre 1984 y 2014, la superficie de tierra utilizada para cultivos de exportación como la piña, el aceite de palma, el melón, la naranja y la mandioca aumentó de 26 000 a 151 000 hectáreas; ello estuvo acompañado de una mayor concentración de la propiedad de la tierra y de una reducción del apoyo estatal a los agricultores pequeños y medianos. La expansión de los agronegocios también ha dado lugar a un aumento de la migración de mano de obra de los países vecinos, ya que alrededor del 30% de la mano de obra agrícola de Costa Rica procede de Nicaragua, donde el crecimiento demográfico del decenio de 1960 al decenio de 2000, el pequeño tamaño de las explotaciones agrícolas y la falta de tierras han sido fuertes impulsores de la migración. Estos trabajadores suelen ser contratados de manera informal y estar mal pagados, mientras que los trabajadores rurales costarricenses se han desplazado a actividades no agrícolas en las zonas urbanas, lo que contribuye a la urbanización descontrolada (Baumeister, 2020)

En el Perú se observan tendencias similares, en particular en el municipio de Virú. Desde que el gobierno peruano abrazó el neoliberalismo a principios de los años noventa, las grandes empresas agroindustriales han dado forma al sector agrícola del país, en gran medida en detrimento de los agricultores de subsistencia y los pequeños agricultores familiares. En la nueva constitución de 1993, con la Ley 26505, conocida como "Ley de Tierras", y la Ley 27360, "Ley de promoción del sector agrario", el Estado aprobó políticas que fomentaron la concentración de la tierra y la agricultura corporativa en gran escala. Esto también dio lugar a un mayor uso de la mano de obra migrante y estacional, con una alta rotación de trabajadores, contratos temporales y bajos salarios. En Virú, los migrantes, en su mayoría procedentes de las tierras altas más pobres del Perú, se ven obligados a trabajar y a vivir en condiciones que agravan la presión sobre la tierra y la marginación, lo que alimenta aún más la espiral de desigualdad (Araujo Raurau, 2020).

Fuentes: Baumeister (2020); Araujo Raurau (2020).


Desigualdad de la tierra, exclusión social y justicia intergeneracional

Las mujeres y los jóvenes de las zonas rurales se enfrentan a múltiples problemas relacionados con la desigualdad en materia de tierras, entre ellos la reducción del acceso a la tierra y de las perspectivas de empleo, que se ven exacerbados por el cambio climático (FIDA, 2019; Kosec y otros, 2018). Esto tiene ulteriores consecuencias para la exclusión social y el desempoderamiento.

En particular, la desigualdad en materia de tierras reduce estructuralmente las oportunidades de las generaciones rurales más jóvenes, especialmente de las niñas, de mejorar sus vidas a largo plazo.

Esta espiral negativa se refuerza a medida que las mujeres y los jóvenes son excluidos sistemáticamente de las decisiones políticas, incluso en relación con la tierra (Oxfam, 2016), lo que se superpone a otras formas de exclusión basadas en la riqueza, el lugar de residencia, la raza o el origen étnico.


Es imposible superar desigualdades más amplias sin abordar la desigualdad de la tierra

El papel central que desempeña la desigualdad de la tierra para muchos problemas mundiales es evidente. Por lo tanto, al abordar esta cuestión se pueden producir resultados positivos significativos para la humanidad y el planeta.

Abordar la desigualdad de la tierra no solo permitirá corregir la desigualdad en materia de bienes y riqueza, sino que reducirá la búsqueda de rentas por parte de una minoría, mejorará la igualdad de ingresos y permitirá un desarrollo más inclusivo y sostenible.

Esto puede fortalecer las democracias mediante el establecimiento de un proceso de adopción de decisiones de base más amplia entre las poblaciones de tierras, con mayor participación y transparencia. La relación directa de la desigualdad de la tierra con el daño ambiental hace que sea imperativo abordarla para lograr la sostenibilidad ambiental, la mejora de la biodiversidad mundial y la justicia espacial y social, todo ello necesario para combatir el cambio climático y las crisis sanitarias. Todo lo anterior constituye un paso adelante hacia sociedades más resilientes, estables y sostenibles, en las que nadie se quede atrás.

Como escribe Merlet (2020, citando a CTFD, 2020): "Dado que los pequeños productores, campesinos o pueblos indígenas producen más valor neto por unidad de superficie que las grandes empresas, porque conservan la biodiversidad, los suelos, los bosques (a condición de que no se vean reducidos a tener que sobrevivir a toda costa), y porque sus decisiones responden a una lógica de patrimonio y no a una lógica de maximización de los beneficios a corto plazo, a todos nos interesa no permitir una explosión de desigualdades en la tierra".