DESCUBRIMIENTOS DE LA INICIATIVA SOBRE LA DESIGUALDAD DE LA TIERRA

Uneven Ground

El (impactante) estado de la desigualdad de la tierra en el mundo

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Medir la desigualdad de la tierra no es fácil. La literatura sobre la distribución de la tierra se ha basado durante mucho tiempo en estimaciones de los coeficientes de Gini, utilizando censos agrícolas que proporcionan datos sobre el número de propiedades en la tierra y la superficie total de las propiedades por tamaño. Estas estimaciones se topan con diversos problemas, algunos relacionados con los datos utilizados, otros con la metodología aplicada (Recuadro 8). A pesar de esos escollos, el uso del coeficiente de Gini, tal como se presenta tradicionalmente en la literatura, sigue estando justificado, ya que es la metodología más empleada, basada en los datos censales de que se dispone en la mayoría de los países en un momento determinado, lo que permite una perspectiva a largo plazo de la desigualdad de la tierra en varios países. Esos datos se complementan ahora con metodologías innovadoras desarrolladas en el marco de este proyecto, que tienen por objeto comprender mejor el carácter multidimensional de la desigualdad en materia de tierras (Recuadro 8).

Recuadro 8: Desafíos con el uso tradicional del coeficiente de Gini para medir la desigualdad de la tierra - hacia nuevas metodologías

Cabe mencionar las siguientes dificultades:

  • La distribución de la tierra calculada con los datos del censo agrícola capta la distribución del tamaño de las explotaciones agrícolas en lugar de la propiedad de la tierra. Los censos agrícolas no tienen necesariamente en cuenta las múltiples propiedades de la tierra por propietario y no reflejan todo el alcance de la concentración de la tierra.
  • El actual coeficiente de Gini es por lo general unidimensional, sin tener en cuenta las complejidades multidimensionales de la desigualdad de la tierra.
  • Otros aspectos relacionados con la tierra (calidad de la tierra, presencia de activos, otros recursos como el agua, proximidad a infraestructuras y mercados, etc.) no se miden en los censos agrícolas.
  • En general, los censos agrícolas no distinguen entre las diferentes formas de propiedad legal, ni incluyen la propiedad corporativa o las estructuras accionarias.
  • Los datos de los censos se centran únicamente en los hogares agrícolas y con tierras y no tienen en cuenta a los hogares sin tierras; por lo tanto, no muestran los niveles reales de desigualdad.
  • El coeficiente de Gini es una medida sintética de la desigualdad que resume toda la distribución en una sola cifra y, por lo tanto, es menos informativo sobre dónde se producen los cambios importantes en la distribución.
  • La cobertura, las metodologías y los umbrales de los censos agrícolas no son uniformes entre países o a lo largo del tiempo, especialmente en los países en desarrollo; a pesar de los esfuerzos por lograr la uniformidad, esto reduce su comparabilidad.

Hacia nuevas formas de medir la desigualdad de la tierra:

En respuesta a estos desafíos, se elaboraron nuevas metodologías para medir la desigualdad de la tierra como parte de esta Iniciativa sobre la Desigualdad de la tierra. Vargas y Luiselli (2020) se esfuerzan por integrar la naturaleza multidimensional de la desigualdad de la tierra combinando -además del indicador estándar de tamaño cuantitativo de las parcelas- la tenencia, la calidad de la tierra, la dotación, los activos y otros indicadores. Para ello, sugieren que se utilicen varias fuentes de datos adicionales.

Un segundo enfoque de Bauluz y otros (2020), basado en datos de encuestas, evalúa la desigualdad de la tierra sobre la base de la tierra de propiedad de un hogar (más allá de la distribución del tamaño de las explotaciones, incluyendo la propiedad múltiple de las parcelas) y los valores de la tierra (como criterio de calidad de la tierra), y también tiene en cuenta a los sin tierra. Los autores aplicaron esta metodología utilizando una muestra de países: India, Bangladesh, Pakistán, China, Viet Nam, Ecuador, Guatemala, Brasil, México, Perú, Burkina Faso, Etiopía, Gambia, Malawi, Níger, Nigeria y Tanzanía. La selección de los países fue resultado de la disponibilidad de datos y, aunque en este análisis se incluyeron algunos de los países más poblados, es necesario incorporar a un mayor número de países en futuras investigaciones para obtener un panorama más completo. No obstante, los resultados representan un importante intento de innovar en las evaluaciones y profundizar en las perspectivas de la desigualdad de la tierra.

Fuentes: Vargas y Luiselli (2020); Bauluz y otros (2020).


La desigualdad de la tierra vuelve a aumentar

Los datos disponibles, a pesar de sus limitaciones, nos permiten examinar las tendencias de la desigualdad de la tierra en los últimos 100 años.

Esto muestra que la desigualdad de la tierra disminuyó de manera constante desde principios del siglo XX hasta los años ochenta. En ese momento, la tendencia se invirtió, y desde entonces la desigualdad de la tierra ha ido aumentando a un ritmo sostenido.

A partir de un coeficiente de Gini de 0,64 en los primeros años del siglo, la desigualdad de la tierra disminuyó a 0,60 en 1982, pero había aumentado de nuevo a 0,62 en 2017 (figura 5).

Figura 5: Desigualdad de la tierra a lo largo del tiempo (1910-2017), medida por el coeficiente de Gini

Figura 5: Desigualdad de la tierra a lo largo del tiempo (1910-2017), medida por el coeficiente de Gini

El 1% de las explotaciones más grandes operan el 70% de las tierras de cultivo, suministrando a los sistemas alimentarios corporativos

Hoy en día, se estima que hay aproximadamente 608 millones de explotaciones agrícolas en el mundo. Alrededor del 90% son explotaciones familiares, que incluyen todos los tamaños de explotación desde las más pequeñas hasta algunas de las más grandes, ocupando el 70-80% de todas las tierras de cultivo.

Alrededor del 84% de las explotaciones son menores de dos hectáreas, pero éstas operan solo alrededor del 12% de las tierras de cultivo, con poca o ninguna oportunidad de formar parte de las cadenas de suministro de las empresas.

Ya, según Lowder y otros (2019: v), "el 1% de las explotaciones agrícolas más grandes del mundo explotan más del 70% de las tierras agrícolas del mundo"; estas explotaciones constituyen el núcleo de producción del sistema alimentario corporativo. A menos que haya una intervención normativa sustancial, dadas las tendencias de los sistemas agrícola y alimentario, la concentración parcelaria aumentará inevitablemente aún más.

Aunque las pautas de desigualdad de la tierra varían considerablemente de una región a otra, en todo momento se observa una pauta constante de concentración parcelaria (Figura 6). Después de 1980, en todas las regiones, la concentración de tierras ha aumentado considerablemente (América del Norte, Europa, Asia y el Pacífico) o se está invirtiendo una tendencia decreciente (África y América Latina).

Una tendencia clara en la mayoría de los países de bajos ingresos es el aumento del número de explotaciones agrícolas, combinado con un tamaño cada vez más reducido de las mismas. En todo el mundo, y especialmente en los países de ingresos más altos, las grandes explotaciones agrícolas son cada vez más de mayor tamaño.

Figura 6: Líneas de tendencia de la desigualdad de la tierra desde 1975, medidas por el coeficiente de Gini

Figura 6: Líneas de tendencia de la desigualdad de la tierra desde 1975, medidas por el coeficiente de Gini[MOU1]

Fuente: Los autores, basándose en diversas fuentes de datos.

Nota metodológica: La misma metodología de Gini y fuentes de datos que en la figura 5, a partir de 1975. Las líneas de tendencia son polinómicas.

El nivel intermedio que falta

En América del Norte se ha producido un drástico aumento de la concentración de tierras y de la agricultura. Los datos de los Estados Unidos muestran una disminución de 3,7 millones de explotaciones agrícolas a 2,1 millones entre 1960 y 1990, acompañada de un aumento constante del tamaño medio de las explotaciones agrícolas, de 122,6 hectáreas a 187 hectáreas en el mismo período. De 1990 a 2010 el número de explotaciones y el tamaño medio de las mismas se mantuvo bastante estable, en 2,1 millones de explotaciones con un tamaño medio de alrededor de 175 hectáreas (Lowder et al., 2019). Si bien el número total de explotaciones agrícolas y su tamaño medio se han estabilizado, el número de explotaciones agrícolas de más de 500 hectáreas ha aumentado a partir de 1971, mientras que el número total de las explotaciones más pequeñas, incluidas las de menos de cinco hectáreas, también ha aumentado. Las explotaciones de tamaño medio que oscilan entre 50 y 500 hectáreas han disminuido considerablemente en número. Se trata de una distribución de la tierra cada vez más polarizada y desigual. Hendrickson et al. (2017: 15) argumentan que "la 'agricultura de nivel intermedio' está declinando y tal vez enfrentando la extinción".

Sin embargo, lo que las cifras sobre el tamaño de las explotaciones no revelan son los aumentos aún más sustanciales de la concentración de la producción a gran escala en un número cada vez menor de explotaciones. Casi un millón de explotaciones (980 000) en los Estados Unidos tienen menos de 5 000 USD en ventas por año, mientras que el 7% de las explotaciones más grandes representan el 80% del valor de la producción (MacDonald, 2016). Esto deja una situación en la que unos 1,3 millones, o el 60%, de las explotaciones en los Estados Unidos producen solo el 6,6% del valor total de la producción(Gollin, 2019). Se trata de explotaciones agrícolas de menos de cinco hectáreas, muchas de las cuales se conocen como "explotaciones de jubilación" o "explotaciones de ocupación no agrícola", con propietarios que no dependen de la producción agrícola para su subsistencia.

En la Unión Europea (UE) se observa una tendencia muy similar. El tamaño medio de las explotaciones agrícolas de la UE casi se ha duplicado desde el decenio de 1960, pasando de 12 a 21 hectáreas en 2010. Lo que es más importante, el número de explotaciones agrícolas de más de 100 hectáreas en toda la región ha aumentado de manera constante desde 2005 a 2013 (Lowder et al., 2019), y menos del 3% de las explotaciones agrícolas suman actualmente más de la mitad de las tierras cultivadas (Gollin, 2019). El coeficiente de Gini de la UE, que disminuyó continuamente desde principios del siglo XX, ha aumentado desde 1980 en casi un 10%, hasta alcanzar un promedio de 0,58.

La gran mayoría de las explotaciones agrícolas más pequeñas del mundo se encuentran en África y Asia, donde son esenciales para el sustento de una gran proporción de la población. En la figura 7 se muestra la distribución de las explotaciones agrícolas y las tierras en el África subsahariana, Asia meridional y América Latina y el Caribe. La mayoría de las explotaciones agrícolas son de menos de dos hectáreas y hay una cantidad importante de tierras en explotaciones de 2 a 10 hectáreas, mientras que una proporción muy pequeña de tierras parece formar parte de explotaciones mucho más grandes.

Figura 7: Distribución de la tierra por clases de tamaño en el África subsahariana, Asia meridional y América Latina y el Caribe

Figura 7: Distribución de la tierra por clases de tamaño en el África subsahariana, Asia meridional y América Latina y el Caribe

La figura 7 muestra que estos niveles bajos de desigualdad, que en el caso de África incluso están disminuyendo, han dado lugar a nuevas tendencias desde el decenio de 1980. El coeficiente de Gini de la tierra en África se ha estabilizado en 0,54, como resultado de una combinación de fragmentación debida al aumento de la población en los niveles más bajos con un creciente interés en las tierras de cultivo por parte de las élites nacionales y los actores empresariales nacionales e internacionales. Asia, en cambio, ha visto aumentar significativamente su coeficiente de Gini, de 0,56 en 1980 a 0,62 en la actualidad, lo que supone un incremento del 11%. Este caso está relacionado con la consolidación en el marco de la Revolución Verde asiática, el importante número de adquisiciones de tierras en gran escala para la agricultura y otros sectores (minería, infraestructura, turismo), y una creciente población sin tierras (Djurfeldt, 2005).

De hecho, detrás de la disminución del tamaño medio de las explotaciones agrícolas en la mayoría de los países de bajos ingresos se oculta el creciente número de mega explotaciones agrícolas, cada una de las cuales ocupa miles, incluso decenas de miles, de hectáreas (Recuadro 9).

En Tanzanía, por ejemplo, las 108 inversiones agrícolas en gran escala que se han realizado recientemente controlan más tierras que los dos millones de entidades agrícolas más pequeñas juntas (Wegerif y Guereña, 2020).

Recuadro 9: Adquisiciones de tierras en gran escala, presiones comerciales sobre la tierra y desigualdades crecientes

Desde el año 2000, la fiebre por la tierra desde 2000 es una tendencia bien conocida, que ha afectado principalmente a las economías agrarias de África y Asia. Las tierras que a principios del decenio de 2000 eran de interés para la inversión marginal fueron repentinamente objeto de demanda, principalmente por parte de inversores internacionales, llegando a su punto máximo en 2010.

Para 2018, la Land Matrix había identificado alrededor de 1 000 operaciones de tierras agrícolas en gran escala que abarcaban 26,7 millones de hectáreas de tierras en todo el mundo (Land Matrix, 2018). África representa el 42% de estos negocios y unos 10 millones de hectáreas de tierra, una superficie del tamaño de Islandia. Aunque la fiebre mundial por la tierra ha disminuido, se siguen registrando nuevas adquisiciones, lo que contribuye a las crecientes presiones sobre la población rural y sus tierras.

Figura 8: Evolución de las unidades de cultivo y de la superficie agrícola en Sudáfrica (1918-2010)

Figura 8: Evolución de las unidades de cultivo y de la superficie agrícola en Sudáfrica (1918-2010)

Numerosos países de América Latina y algunos otros países (a menudo colonos), como Sudáfrica, donde la distribución desigual de la tierra constituyó la espina dorsal de la riqueza y la desigualdad de los activos durante la época colonial, siguen caracterizándose por las extremas desigualdades en materia de tierras. Las reformas agrarias destinadas a redistribuir la tierra no han logrado en su mayoría reequilibrar las desigualdades (Frankema, 2009). Por el contrario, el modelo económico de estos países basado en el extractivismo y las exportaciones agrícolas, combinado con las economías de mercado liberales, está dando lugar a una importante expansión de las tierras agrícolas y a una concentración de la tierra (Recuadro 10).

Recuadro 10: El 1% - concentración extrema de tierra en América Latina y Sudáfrica

Un análisis de Oxfam de 15 países de América Latina muestra que el 1% de las explotaciones agrícolas más grandes poseen más de la mitad de todas las tierras agrícolas (Oxfam, 2016). En otras palabras, este 1% de las explotaciones ocupa más tierra que el 99% restante. En promedio, el tamaño de cada una de estas grandes explotaciones es superior a 2 000 hectáreas (equivalente a 4 000 campos de fútbol), aunque en los países del Cono Sur (Argentina, Chile y Uruguay) son mucho mayores. Por ejemplo, en la Argentina el tamaño promedio de las explotaciones pertenecientes a ese 1% más grande es de más de 22 000 hectáreas. El caso más extremo es el de Colombia, donde las explotaciones de más de 500 hectáreas -que representan solo el 0,4% del total de explotaciones por número- ocupan el 67,6% de las tierras productivas (Oxfam, 2016).

Se pueden encontrar tendencias similares en Sudáfrica, donde los años de despojo de tierras en la época colonial y del apartheid, combinados con la inversión principalmente por parte de los blancos en grandes explotaciones agrícolas, han creado un sector agrícola y de tierras sesgado, dominado por un pequeño número de explotaciones comerciales de propiedad blanca con gran densidad de capital. La liberalización del sector agrícola y su integración en los mercados mundiales al final de la era del apartheid solo condujo a una creciente concentración de la tierra y al control de la producción. Mientras que, en 1994, al final del apartheid, Sudáfrica contaba con unos 60 000 agricultores comerciales, hoy en día solo quedan 34 000, lo que ilustra, a pesar de las reformas agrarias, las importantes tendencias de concentración que se están produciendo en el país (Cochet y otros, 2015). Se estima que únicamente alrededor del 20% de las explotaciones agrícolas comerciales representan el 80% de la producción agrícola en términos de valor. Mientras tanto, entre 2 y 2,5 millones de pequeños agricultores viven en zonas rurales y producen cultivos principalmente para el consumo doméstico y la venta ocasional (Cousins, 2015). Aportan solo una fracción del valor de los cultivos comercializados, y el 98% de ellos no pueden mantenerse viviendo únicamente de la agricultura.

Teniendo en cuenta a todos los agricultores de Sudáfrica (comerciales y no comerciales), se estima que solo el 0,28% de las explotaciones producen alrededor del 80% del valor de la producción agrícola.

Esto ocurre en el país más industrializado y urbanizado de África, que todavía no es capaz de proporcionar puestos de trabajo no agrícolas a su población adulta, lo que deja al 30,1% de estos sin empleo (StatsSA, 2020).

Fuentes: Oxfam (2016); Wegerif y Anseeuw (2020).


El sector de la tierra está aún más concentrado de lo que pensamos

Al evaluar la desigualdad de la tierra utilizando datos de encuestas y teniendo en cuenta la propiedad múltiple de las parcelas, el valor de la tierra y los sin tierra, en lugar de la medida única utilizada para producir el tradicional coeficiente de Gini para la tierra, resulta evidente que la desigualdad de la tierra se ha subestimado considerablemente hasta la fecha.

En general, las investigaciones realizadas para este proyecto han revelado que el 10% más rico de las poblaciones rurales de los países de la muestra acapara el 60% del valor de las tierras agrícolas, mientras que el 50% más pobre de las poblaciones rurales, que por lo general dependen más de la agricultura, obtiene solo el 3% del valor de la tierra (Bauluz et al., 2020).

En comparación con los datos del censo tradicional y el coeficiente de Gini generalmente utilizado, se trata de un aumento de la desigualdad del 41% si se considera el valor de las tierras agrícolas y la carencia de tierras, y del 24% si solo se tiene en cuenta el valor.

Figura 9: Diferencias en los niveles de desigualdad cuando se compara el tradicional coeficiente de Gini con mediciones de desigualdad que tienen en cuenta el valor de la tierra y la población sin tierra

Figura 9: Diferencias en los niveles de desigualdad cuando se compara el tradicional coeficiente de Gini con mediciones de desigualdad que tienen en cuenta el valor de la tierra y la población sin tierra

Notas metodológicas: 1) La barra azul representa el coeficiente de Gini para la tierra, tal como se calcula tradicionalmente, sobre la base de los datos del censo (utilizando los últimos datos disponibles), como se explica en la sección anterior; la barra roja representa la desigualdad de la tierra, sobre la base de la metodología desarrollada por Bauluz y otros (2020), a partir de datos de encuestas centradas en las tierras de propiedad familiar (teniendo en cuenta la propiedad múltiple de las parcelas) y en los valores de la tierra (como criterio de calidad de la tierra); la barra verde es similar a la roja, pero también incluye la población sin tierra. 2) Solo se disponía de conjuntos de datos completos (es decir, datos de censo; datos de valor y datos sobre la falta de tierra basados en datos de encuestas) para la India, Bangladesh, el Pakistán, China, Vietnam, el Ecuador, Guatemala, Etiopía, Malawi, el Níger y Tanzanía. Por esta razón, las siguientes comparaciones se basan únicamente en esta muestra reducida de países.

Estas nuevas estimaciones proporcionan nuevos e importantes conocimientos sobre las pautas internacionales de desigualdad de la tierra. Aquí también son relevantes las diferencias regionales. Aunque América Latina sigue siendo la región más desigual a nivel mundial, las desigualdades en materia de tierras en Asia (+30%) y África (+74%) aumentan proporcionalmente más, lo que conduce a coeficientes de Gini superiores a 0,70 en todas las regiones. Según estas mediciones de referencia de la desigualdad en las tierras agrícolas (considerando la desigualdad en el valor de la tierra e incluyendo a la población sin tierra), el Asia meridional y América Latina registran los niveles más altos de desigualdad, con el 10% de los propietarios de tierras más ricos que poseen hasta el 75% de las tierras agrícolas y el 50% más pobre, menos del 2%. Los países de África presentan pautas de propiedad de la tierra relativamente menos desiguales, mientras que el Asia "comunista" (China y Viet Nam) es la región del mundo con los niveles más bajos de desigualdad (figuras 10a y 10b).

Los países asiáticos que parecían ser moderadamente iguales utilizando medidas tradicionales (como la India, Bangladesh y el Pakistán) tienen uno de los niveles más altos de desigualdad cuando se incluyen los valores de la tierra y la población sin tierra.

En cambio, China y Vietnam presentan niveles más altos de desigualdad de la tierra entre los propietarios que el Asia meridional y África, pero la concentración de tierras es solo ligeramente mayor cuando se consideran los valores de las tierras y los hogares sin tierra. Según el indicador de referencia de la desigualdad creado por Bauluz y otros (2020), China y Vietnam parecen ser los países menos desiguales de nuestra muestra.

América Latina sigue registrando la distribución más desigual en las tierras agrícolas. Sin embargo, a diferencia de las demás regiones del mundo, la desigualdad de la tierra entre los propietarios es sustancialmente menor en valor que en superficie, lo que probablemente está relacionado con las grandes explotaciones significativamente menos productivas en comparación con las explotaciones de tamaño medio o bajo (Bauluz y otros, 2020). Este factor reduce considerablemente la diferencia entre América Latina y otros continentes.

Por último, los países africanos ocupan una posición intermedia. África tiene los niveles más bajos de desigualdad en la superficie de las tierras entre los propietarios, pero ésta aumenta significativamente cuando se incluyen los valores de las tierras y la población sin tierra.

Figuras 10a (panel superior) y 10b (panel inferior): El 10% superior y el 50% inferior de la superficie y el valor de la tierra entre la clase de propietarios de la tierra, e incluyendo la población sin tierra

Figuras 10a (panel superior) y 10b (panel inferior): El 10% superior y el 50% inferior de la superficie y el valor de la tierra entre la clase de propietarios de la tierra, e incluyendo la población sin tierra

Fuente: Bauluz y otros (2020).

Estas cifras que indican una creciente desigualdad de la tierra son preocupantes, pero es casi seguro que siguen siendo una subestimación del verdadero nivel de desigualdad, ya que las encuestas de hogares no recogen las explotaciones agrícolas propiedad de las empresas. Un examen de las operaciones de las entidades empresariales y los fondos de inversión revela que hay varios que están comprando y controlando grandes cantidades de tierras en diferentes países. Se trata de una forma de concentración de la propiedad que en la actualidad no se tiene en cuenta en ninguna de las encuestas y que es muy difícil de cuantificar, ya que no todos los fondos de inversión son transparentes en cuanto a sus inversiones.


Fuerzas ocultas en la desigualdad de la tierra: el control sobre la tierra y la producción están impulsando una concentración aún mayor en el sector de la tierra

Las formas menos visibles de control sobre la tierra crean desigualdad en la propia tenencia de la tierra, así como desigualdad en el poder sobre la tierra y la apropiación del valor de la tierra y las actividades que en ella se desarrollan.

En primer lugar, una persona o entidad no necesita comprar la tierra para tener control sobre ella. Por ejemplo, se ha reconocido que la agricultura por contrato es una posible vía de acumulación, y la incorporación a las cadenas de suministro (mundiales) crea nuevas dependencias y acaba perpetuando los modelos extractivos, agravando las pautas de desigualdad relacionadas con la tierra (Chamberlain and Anseeuw, 2018; Sulle, 2017; Oya, 2012). En segundo lugar, existe una creciente concentración empresarial de la propiedad y el control en todo el sector agroalimentario, lo que influye en la forma en que la tierra se utiliza para beneficiar a esas entidades empresariales y a sus inversores. En tercer lugar, el papel cada vez más importante de los mercados financieros y de los agentes que tratan la tierra como una clase de activo puede cambiar significativamente la forma en que se controla y se utiliza la tierra (Wegerif y Anseeuw, 2020).

En el sector agroalimentario, la organización empresarial está vinculada a los modos industriales de producción primaria, que buscan economías y otras ventajas de escala. Esto se ha observado de cerca durante varias décadas en los Estados Unidos, con la rápida transformación de la agricultura hacia menos productores de estilo industrial a gran escala que están vinculados, a través de contratos o integración vertical, con procesadores que deben cumplir con normas uniformes (Lang and Heasman, 2004; Martin, 2001). En este contexto, se han alcanzado mayores niveles de consolidación y control de la propiedad, que se han acelerado más rápidamente, mediante una combinación de dos procesos: 1) la concentración, es decir, el ejercicio de la propiedad y el control horizontal de otras empresas que de otro modo serían competidoras en la industria (una ampliación); y 2) la integración vertical, o simplemente la integración, que es ejercida por una empresa que toma la propiedad o el control de las empresas a las que compra o vende (una profundización).

Con estos procesos, como Martin (2001: 13) observa, "la agricultura se está transformando rápidamente de un estilo de vida rural a una agroindustria con una mentalidad de cadena de suministro." La aplicación de los principios comerciales y los enfoques manufactureros modernos a los sistemas de producción agrícola se denomina comúnmente "industrialización de la agricultura". Estos cambios en la producción agrícola y el uso de la tierra van de la mano de una integración de gran alcance para garantizar la eficiencia y la eficacia, así como el control de las cadenas de valor y de suministro.

El control de las cadenas de valor otorga a esos agentes un importante control sobre la tierra, así como sobre la distribución del valor de lo que se produce en ella, lo que a su vez contribuye indirectamente a la desigualdad de la tierra.

El posible control sobre los sistemas de tierras y alimentos a nivel mundial y local por parte de ciertas empresas e inversores va mucho más allá de los niveles de desigualdad detectados por los datos de los censos agrícolas y las encuestas de hogares. Un ejemplo de este tipo de integración y concentración en el negocio agroalimentario es la empresa de inversiones estadounidense-brasileña 3G Capital. Si bien los propietarios de 3G no son nombres muy conocidos, 3G y sus socios fundadores son importantes accionistas de vastas marcas mundiales que abarcan desde la producción hasta la venta al por menor, entre ellas Burger King, la empresa Kraft Heinz, AB InBev (la mayor empresa cervecera del mundo) y Lojas americanas en el Brasil, un gran grupo minorista que recientemente se ha introducido en el negocio de los comestibles.

Esta concentración del control se ve agravada por el aumento del interés del sector financiero en las tierras agrícolas.

Algunas partes de las tierras agrícolas del mundo se consideran ahora activos financieros, sin propietario físico conocido, sujetos a procesos de decisión que pueden ser externos a la explotación y al sector agrícola.

La producción agrícola ya no está anclada en el territorio, sino que depende de procesos y actores financieros dispersos por todo el mundo, incluido el uso de valores derivados desvinculados de su base material, lo que aporta una mayor inestabilidad a los mercados agrícolas y ejerce presiones especulativas sobre los mercados reales y los precios de los productos (Fairbairn, 2014).

A lo que se reduce todo esto es a que no siempre sabemos quién es el dueño de qué tierra. Las estructuras accionariales y otras construcciones financieras están proliferando en la tierra (y no tienen que ser declaradas en ningún país del mundo, que nosotros sepamos, por lo que permanecen totalmente invisibles), y la opacidad que a menudo rodea las finanzas y actividades de los fondos de inversión (Daniel, 2012) hace imposible evaluar el alcance total de su impacto en la concentración y desigualdad de la tierra.

Las estimaciones varían sustancialmente: Buxton y otros (2012) estiman que 190 empresas de capital privado están invirtiendo en agricultura y tierras de cultivo en todo el mundo, mientras que HighQuest Partners (2010) habla de 54 fondos/empresas que están invirtiendo activamente en fondos para adquirir y gestionar tierras de cultivo o que ya han anunciado planes para obtener capital para invertir en el sector. Preqin enumera los principales fondos de dotación de las universidades de los Estados Unidos (Harvard Endowment Fund, por ejemplo, compuesto por 13 000 fondos individuales, distribuidos en 1 900 millones USD en 2019), lo que demuestra que entre el 10 y el 20% de sus activos se destinan a los recursos naturales y las tierras agrícolas (Preqin, 2017).

El mayor gestor de activos por valor gestionado es la empresa estadounidense BlackRock. A finales de 2010 tenía 3,346 billones USD bajo gestión, muy cerca de los 3,4 billones USD que representaba el producto interno bruto (PIB) de 2009 de Alemania, una de las cinco principales economías del mundo (BlackRock, 2009).

A finales de 2019, el tamaño de los fondos gestionados por BlackRock se había duplicado con creces hasta alcanzar la increíble cifra de 7,43 billones USD, casi el doble del PIB de Alemania de 4 billones USD de ese mismo año (BlackRock, 2019).

Parte de este crecimiento proviene de las inversiones en el sector agroalimentario. BlackRock es ahora un gran inversor, al igual que algunas de las otras grandes compañías de administración de activos, en la venta al por menor de comestibles, con importantes participaciones en grupos de supermercados como Walmart, Costco y Target. BlackRock y otros administradores de activos también tienen grandes inversiones en las más grandes compañías de semillas, como Syngenta, DuPont, Dow, Bayer, y Monsanto (ETC Group, 2019). Blackrock y Vanguard - el segundo mayor administrador de activos, con alrededor de 5 billones USD en gestión - se encuentran entre los mayores accionistas de Tyson Foods, uno de los mayores criadores de ganado del mundo (CNN, 2020; Shukla, 2019). BlackRock y Vanguard fueron también los dos mayores accionistas de Monsanto y Bayer, y desempeñaron un papel clave en su fusión (IPES-Food, 2017).

Con estructuras corporativas y financieras complejas, participaciones cruzadas y otras interrelaciones, cada vez es más difícil discernir líneas claras de responsabilidad en el uso y la gestión de la tierra, al mismo tiempo que cada vez cobran mayor importancia. También es difícil hacer responsables a los inversores de sus impactos económicos, sociales y ambientales cuando los inversores principales son desconocidos o están geográfica e institucionalmente distantes de las operaciones en las que se invierte. Cuando se aplican medidas de responsabilidad empresarial (si es que se aplican), a menudo tienen un objetivo de desarrollo o ambiental, pero se hace poco respecto de los efectos que las empresas y las estructuras financieras están teniendo en la creciente desigualdad de la tierra y sus consecuencias.